Todos tenemos endorfinas (analgésicos o calmantes internos) y hemos de poder activarlos, aunque no nos han enseñado a hacerlo o no creemos en esta capacidad que poseemos. De hecho, el tan conocido -y denostado por la ciencia farmacofílica- efecto placebo, no es más que la activación de estos analgésicos internos.
El efecto placebo es producido por un estímulo externo en el que depositamos nuestra confianza plena y que suele tratarse de alguna píldora inerte, sin principio activo.
Pero tenemos otras maneras de activar nuestras endorfinas:
Si aceptamos el dolor como algo que nos está dando información interna, el umbral del dolor sube significativamente (o sea, necesitamos más intensidad de dolor para sentirlo).